AFRICANÍA DE LOS BAILES CARIBEÑOS.

Por Rafael Brea López.

 

A Juan Bautista, bailarín de mi pueblo.

 

Las expresiones artísticas de mayor relevancia en términos de popularidad en el arcoiris multicultural caribeño son, desde nuestra apreciación, la danza y la música. El baile, el canto y la música percusiva forman parte de un sistema cultural amplio, que a su vez se estructura con ideas, conceptos, religiosidad, sicología social, filosofía tradicional, etcétera.

Los pueblos afrocaribeños nacieron como resultado del choque dramático de culturas. Vinieron entonces las expresiones musicales y danzarias criollas, mulatas, nacionales y regionales, en las que está aún palpitante el embrujo poético de los tambores de África.

En algunas danzas de ascendencia africana hay una imitación de los bailes de la Europa cortesana. Así ha ocurrido con las conocidas tumbas francesas de Cuba, Cayena y con algunas danzas anglocaribeñas. En el caso primero ocurrió una imitación de los bailes de los amos franceses; así aparece el masón, sustantivo que según Ortiz es una derivación de la palabra gala maison. Esa tendencia mimética era frecuente en los esclavos, sobre todo en los que compartían el espacio físico y espiritual de los amos, de quienes asimilaron hábitos y costumbres que les eran atractivos. Los bailes “franceses” presentan elegancia nobiliaria y cortesana, su música es interpretada con grandes tambores de evidente oriundez dahomeyana; el catá y el sentido rítmico también recuerdan el África negra. Las tumbas francesas muestran una fase interesante del proceso de transculturación ocurrido en esta parte del planeta.

En 1988 participamos en el Festival Caribeño de Quintana Roo, México. Una de aquellas noches, en medio de la penumbra, los tamboreros se arrimaban a sus abarrilados atabales y con entusiasmo comentamos a un amigo mexicano: “ Ahí está nuestra gente”; pero muy pronto quedamos cohibidos, ¡ no eran cubanos, eran puertorriqueños!

Eran los hermanos Ayala de Loiza Aldea, descendientes de una vieja familia llegada del África tropical, que desde hacía siglos tocaban y bailaban la bomba. Saqué una conclusión hipotética, quizás elemental: las danzas caribeñas y su música inspiradora muestran rasgos, caracteres simbólicos y determinados componentes comunes de inspiración africana. No es ociosa entonces la aspiración de mostrar algunos rasgos simbólicos comunes de las danzas de estos pueblos, constituidos a partir del mestizaje progresivo. Sin la pretensión de arribar a conclusiones definitivas ni absolutas en tema tan intrincado, expondremos una síntesis de rasgos danzarios de homogeneidad simbólica caribeña.

PRIMERO: En los bailes africanos y afrocaribeños el danzante utiliza en sus evoluciones plásticas todas las partes de su cuerpo. El ritmo marcará cada movimiento, paso, giro, figura, cambio de actitud. La música y la danza forman una unidad indisoluble en el arte afroamericano y así es asumido por los danzarines caribeños. Fernando Ortiz, al referirse a este tema, manifiesta que la música les “entra por todas partes, por la cabeza, por los oídos, por los ojos, por la boca, por el cuello, por los brazos, por los pies, por las caderas, por el ombligo, por los pelos, por las nalgas... por todos los sentidos, nervios y músculos” Y resume sentenciosamente: “ los negros bailan con todo el cuerpo, poniendo en movimiento hasta los párpados y la lengua”. El bailarín es también actor pasajero y desarrolla una pantomima tradicional heredada de sus antepasados. Los bailes caribeños son piezas dramáticas o cómicas donde el gesto, la intención y determinados signos corporales expresan viejas historias muchas veces nacidas en el África ecuatorial o austral y reinterpretadas en el Nuevo Mundo. El danzante afrocaribeño refleja en su rostro estados de ánimo y lo logra con la elocuencia de la gestualidad: actitudes que semejan a un demente embravecido, a un guerrero, a un niño juguetón. Es frecuente observar la representación del amor o la alegría en estos bailarines, que suelen representar a un santo, un loa o una fuerza deificada, que en su momento se le ha subido o montado. Sus movimientos estarán en correspondencia con la función religiosa o profana de la danza y con el carácter tradicional de la misma. En el caso de las danzas propias de la regla de ocha, se da el caso de los diferentes caminos del santo, que presuponen toques específicos de los tambores y formas danzarias distintivas, tal es el caso de Elegua; puede ser un infante travieso y juguetón, pero puede presentarse como un guerrero peligroso y temido. Y así lo atestigua la danza en su conjunto con su lenguaje gestual, extensible a toda la estructura óseo-muscular del figurante. Esos rasgos se pueden apreciar en los bailes congos: makuta, garabato, yuca y maní, en el complejo de la rumba cubana, en la bomba borinqueña, en el merengue dominicano y en el gagá haitiano, entre otros bailes de la región. Aunque hemos caracterizado el comportamiento general, hay excepciones donde la danza se manifiesta en partes específicas del cuerpo, como la cintura, la cadera o los pies.

SEGUNDO: Hay una variedad sorprendente de danzas afrocaribeñas en las que la polirritmia de ciertos tambores produce un contrapunteo o diálogo con el bailarín más hábil. Es una competencia de destreza y habilidad entre un tambor y un figurante apreciado por su virtuosismo en el baile. Los ejecutantes mueven con arte y agilidad su cuerpo, pero especialmente sus piernas y pies, donde se concentra la mayor atención. Esas puestas en escena representan verdaderas confrontaciones competitivas entre el bailarín y el tambor que hace función de quinto. Así ocurre en los bailes de las comparsas tajonas, cuando el bailarín principal se enfrenta al tambor denominado repique. En la rumba ocurre algo semejante con el tambor agudo llamado quinto. En las tumbas francesas de Santiago de Cuba y Guantánamo la competencia se produce al ejecutarse el frente con el tambor conocido como premier o primero. En los bailes abakuá o ñáñigos, tan comunes en los barrios populares de La Habana y Matanzas ( Cuba ) esto ocurre con el tambor bonkó enchemiya, de origen carabalí. En la bomba de Puerto Rico la controversia tambor-bailarín también es frecuente cuando alguien pide licencia para entrar en el ruedo y se dice popularmente que “está subido” y pide la bomba. Entonces un tamborero adelanta su tambor repicador, lo acuesta y se sienta sobre él a manera de jinete. En la danza popular cubana conocida como el baile de la chancleta, propia del carnaval, se produce una interesante controversia rítmica entre todos los bailarines y sus propios pies, pues deben moverse en perfecta sincronía y producir un ritmo unitario sobre el suelo con sus cutaras o chancletas de madera.

TERCERO: La planta del pie del bailarín afrocaribeño, por lo general, se apoya en toda su extensión en el piso. Las danzas más tradicionales se distinguen porque sus protagonistas desempeñan su papel con los pies desnudos sobre suelos de tierra. Las celebraciones mágico religiosas de ascendencia afro se caracterizan por la presencia de oficiantes descalzos, recurso ritual para establecer comunicación con los antepasados o con determinadas deidades. Un palero famoso expresó: “ Tierra come cosas buenas”, con lo que significaba su valor. La tierra es parte importante de las danzas religiosas africanas, a través de ellas los caribeños encuentran un camino de aproximación a los misterios de lo desconocido que está en convivencia permanente con el hombre, según el pensamiento mítico africano. El pensamiento tradicional en el África tropical y del sur está íntimamente vinculado con la sociedad tribal, cuyas leyes consuetudinarias están matizadas de religiosidad; por ello algunos investigadores consideran que las culturas africanas tienen en esencia un carácter sagrado. Asimismo, para los africanos el valor de la tierra era fundamentalmente sacro. La tierra en general en el África negra, adquiere una connotación sagrada por cuanto es una suerte de registro, de receptáculo de todo aquello que ha sido creado por las divinidades superiores y en ese sentido está impregnada de la voluntad de Nzambi, entidad superior conga, o de Olofi, entidad suprema lucumí.

La tierra posee una relación mítica con los antepasados, con los difuntos, y ella garantiza y simboliza el equilibrio, la integridad y la permanencia del grupo étnico. La tierra es un elemento simbólico religioso de gran significado en la tradición afrocaribeña y justamente esto se expresa en sus formas danzarias más representativas. El culto a los antepasados está muy extendido en toda el África, al sur del Sahara y la tierra es la morada eterna y natural de sus cuerpos físicos y espirituales. El investigador José Millet observó el kalandú, danza de carácter colectivo y vinculada a ritos mortuorios entre los quimbundos de Angola. Él destaca dos cuestiones: “ primero, que es ejecutada por mujeres y segundo, que los pasos se realizan con los pies descalzos, arrastrándolos por la arena o el suelo, como si con esto último se quisiera familiarizar el espíritu con la tierra”.

En bailes no religiosos, colectivos o por parejas, más occidentalizados, es común utilizar calzado. Aunque las condiciones del piso pueden determinar la utilización conveniente de zapatos u otras prendas; tal es el caso de los bailes ambulatorios colectivos y procesionales, que recorren grandes distancias, como las congas y las comparsas gagá, urbanas y rurales respectivamente.

CUARTO: Música y danza ocupan un lugar cíclico en el calendario anual. Así los haitiano-cubanos bailan su gagá para Semana Santa. Los santiagueros desde el mes de junio, con San Juan, comienzan a invadir las calles con sus ambulatorias congas, que se hacen seguir por una multitud que se adueña del escenario callejero. Arrollar en el carnaval es una costumbre bien enraizada en esta región de Cuba, donde la influencia de la cultura bantú es notable en la música, en determinados tambores y en figuras danzarias. Cuando la muchedumbre arrolla tras la conga se produce una suerte de posesión o éxtasis colectivo de intensidad visible, motivado por el tamboreo afrocubano; necesidad espiritual que es más profunda en practicantes de religiones de inspiración afro. Varios congueros me han confirmado la existencia de una fuerza espiritual misteriosa que los atrae a los tambores. No es sólo placer, sino algo más profundo y complejo que forma parte de fuerzas tradicionales.

QUINTO: Otro rasgo de aliento afro en la danza caribeña es la apropiación expansiva del espacio. El bailador se siente y es de hecho dueño del lugar y del tiempo, o como diría Ortiz “ el danzante concurre a su propio espectáculo”. El bailarín montado o poseso es dueño de la fiesta, es decir, rey que exige ser atendido y reconocido por los presentes. Esta regularidad genérica se presenta en la casi totalidad de las danzas afrocaribeñas de corte religioso y también en aquellas consideradas profanas. Podemos observar ese rasgo en las danzas abakuá, rumbas, santería bembé, palo monte, yuca, vodú, gagá, tajona y conga.

El bailador aspira a una jerarquía dentro de la fiesta, en esos momentos de euforia posesiva se expresa a través del movimiento de su cuerpo. Se produce una entrega total al espíritu de la música y de la danza; pero siempre con un sentido de participación anímica y sicológica de la comunidad congregada para la ocasión.

El danzante afrocaribeño continuamente crea una ampliación del círculo que sirve de escenario natural para su actuación, ya sea individual o colectiva; puede darse en una casa, en un patio, en un batey, bajo una ceiba, en una calle o plaza. La apropiación expansiva colectiva de la vía pública ya ocurría en La Habana del siglo XIX cuando se celebraba la fiesta afrocubana del Día de Reyes. En Santiago de Cuba, desde hace más de cien años, los cabildos, las congas, tajonas y paseos deambulan por callejones y calles en los días del carnaval.

SEXTO: Sensualidad y erotismo son particularidades muy notorias de las danzas y pantomimas afrocaribeñas. Contra ellas arremetieron los representantes de las administraciones coloniales en América. En particular el etnocidio cultural iba dirigido contra los cultos religiosos, la música y  la danza, considerados como pecaminosos, diabólicos e inmorales. Esas danzas son supervivencias de ritos de fertilidad que debían favorecer la caza, agricultura y más exactamente la procreación de la naturaleza viviente y de la etnia o tribu.

El carnaval y en particular el danzar rítmico y procesional de la conga cubana crea un ambiente de relajamiento del orden establecido y de liberación colectiva. El erotismo de la conga cubana no sólo se aprecia en las contorsiones de los danzantes, mujeres y hombres, y en el aparente desenfreno de los instintos, que suelen inferirse de la observación de esa masa sudorosa y movediza, sino también en los cantos de temas sexuales reiterativos, que en ocasiones llegan a ser obsesivos. En las causales de esa tendencia a sobredimensionar la sexualidad, puede estar gravitando, como asegura Moreno Fraginals, la secuela del trauma de la esclavitud, todo lo cual sirvió de soporte para el establecimiento de prejuicios raciales en relación con el negro y por extensión el mulato, considerados sádicos y lujuriosos, como resultado de una supuesta tendencia biológica congénita africana.

El erotismo y la sensualidad sugerente de los bailes folklóricos afroamericanos se han infiltrado y han influido en bailes populares nacionales, conocidos en buena parte del mundo. Así tenemos la cumbia de Colombia, el tamborito de Panamá, la plena de Puerto Rico, el merengue dominicano, y de Cuba el danzón, el son, el mambo, el chachachá, hasta llegar a la salsa, que hoy se escucha por doquier.

A MANERA DE EPÍLOGO.

Probablemente se hayan escapado a nuestra observación otros rasgos y componentes de las danzas legadas por los africanos y sus descendientes. Sin embargo, lo más importante es comprobar, en términos etnoculturales, la supervivencia y la fuerza inmanente de los valores espirituales africanos, que se expresan con vitalidad progresiva  en la identidad y personalidad cultural caribeña.

Las auténticas danzas caribeñas son expresiones culturales de extraordinario valor y poco tienen que ver con espectáculos de ostentosos cabarets que hoy pululan en nuestros países.

El Caribe es el hogar de los que venimos de muy cerca y de muy lejos: de América, de Europa, de Asia y de África. Es el lugar de nuestras culturas mezcladas; vivimos en una región multicultural, multilingüística y multirreligiosa. En todos nuestros pueblos están vivas las esencias simbólicas de milenarias culturas africanas. Ellas nos emparentan y aproximan. La ruta del esclavo debe ser, para nosotros ahora, ruta de fraternidad y de unidad, porque bailando en el mar hay un tambor cimarrón.

 

 

Rafael Brea López es profesor de Historia de la Cultura Occidental en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, Recinto Santo Tomás de Aquino, en la ciudad de Santo Domingo.