El pueblo abandonado
Por: Félix Jerónimo
Sabemos
que son ellos. Espiarlos se ha
convertido en nuestro único oficio. Los espiamos desde los portillos de la
madera carcomida. Desde las grietas y orificios en los muros de nuestras casas,
acentuados por el terremoto con que nos hicieron abortar el proyecto del túnel.
Desde los agujeros del techo donde aún no hemos colocado cañerías. Desde las
sombras. Desde donde no puedan vernos.
Hoy se marcharon los forasteros que habían estado husmeando por el pueblo en los últimos días. Don Pazco regresó a casa temprano, como a las tres, y encendió la radio. “Informe de meteorología”, comenzaba a decir el noticiario radial cuando mi hermano Pablo abrió impetuosamente la puerta de su habitación y dijo: “¡Oigan!”, y subió el volumen de su televisor. “Son unos caballeros invisibles, de aire y de nada, que descienden del sol en brillantes caballos de acero”. Y a seguidas en las calles se escuchó un clamor colectivo: “Unos seres con vaho a ovnis sitiaron el pueblo”.
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Sabía que volverían- exclamó Don Pazco.
El y papá
nos echaron mano a mamá, a Pablo y a mí para que les ayudáramos a cerrar
puertas y ventanas. Luego se miraron un segundo antes de dejarnos solos.
Enseguida regresaron con los martillos, los clavos, las tablas.
Ese día toda la gente llegó a casa temprano y todas las puertas se cerraron casi al mismo tiempo. Las casas se sacudían bajo un tac, tac, tac y un clava aquí, clava allá. Las calles quedaron desiertas, a la interperie. Llenándose de polvo y de sol. Se cerraron las puertas de los colmados, almacenes, cafeterías, supermercados, ventorrillos, panaderías, reposterías y todo tipo de negocio cuyos productos, después de unos días en el encierro, despedían un olor añejo de cosa que se pudre a distancia.
Llegó un momento cuando no se podía hablar de la ferretería o de la tienda, sin que el fantasma del moho y del polvo se posaran como de sorpresa bajo la lengua. El teatro se fue consumiendo hasta que desapareció por completo. El ayuntamiento se fue deteriorando hasta arruinarse. El hospital ennegreció. Enmudecieron las discotecas y el bar...La escuela la tomaron las golondrinas ( las mismas que todos los años bajaban del viejo convento en las vacaciones ). Sólo cuatro lugares quedaron abiertos: el cuartel de la policía y el de los bomberos, porque no tienen puertas; la iglesia, ocupada por los murciélagos y el cementerio, porque el encargado olvidó cerrarlo. Después han sucedido muchas cosas.
Durante los primeros días del sitio, tratamos de vivir una vida normal en la casa. Papá soltó la jauría para que anduviera dentro de la casa, de día y de noche, vigilándola. Cuando no estábamos en la cocina, mamá y yo nos pasábamos el tiempo remendando ropas y bordando. Yo escribía en mi diario cada noche antes de acostarme. Papá pasaba el tiempo revisando lugares: debajo de los muebles, detrás de las camas, dentro de las gavetas. Él iba descubriendo las grietas y orificios que el tiempo y la naturaleza le abrían poco a poco a la casa.
Pablo se
mantenía casi todo el tiempo en su cuarto, viendo televisión. Don Pazco vivía
inquieto, nervioso, pegado al pequeño radio que era su único tesoro. ( Sobre
don Pazco debo aclarar que no pertenecía a la familia. Volvió de la Revolución
un día, junto con papá y se quedó a vivir en casa hasta que murió )
Hoy
volvieron a pasar cosas raras, muy raras, y una trágica. Seguimos sin
provisiones y sin esperanzas de abastecernos. Otra vez estuve contemplando a mamá,
que sigue amarrada al tubo del agua de la cocina con la cadena de los perros.
Hemos progresado bastante acostumbrándonos a comer tierra, tanto que el hoyo en
el piso de la cocina se hace cada vez más ancho y profundo.
Esta
tarde Pablo estaba en su habitación divirtiéndose en su nuevo pasatiempo como
entrenador de cucarachas y de ratas. De pronto, los insectos y los roedores
olfatearon algo, salieron de la habitación, atravesaron la sala y la cocina,
pasaron por delante de los otros dormitorios y se metieron en el baño. Allí
estaba don Pazco, sentado en el inodoro, muerto. Del ano le prendían los
intestinos, secos y arrugados. Lo metimos en el hoyo de la cocina y le tiramos
encima cuantas cosas pudimos encontrar que no fueran vitales, y rellenamos con
algo de tierra que sacamos de la sala..
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Lo mató la pena-dijo papá.
Pablo
y yo no lo entendimos. Seguíamos pensando como pensamos desde que vimos el cadáver:
que lo había matado el hambre.
La vez que mamá se remató estaba lloviendo, y también había empezado a llover cuando, varios meses después, enterramos a don Pazco delante de ella. Pero ni aún a la muerte de don Pazco la lluvia nos era imprescindible para amortiguar nuestra sed, ni habíamos tenido que colocar las cañerías, porque el acueducto seguía funcionando y los techos no habían sido agujereados aún. Así que ni a los efectos del sol ni a los de la lluvia achacamos el milagro de las solanáceas. Después de varias semanas de la muerte de don Pazco, nacieron allí, delante de mamá, donde habíamos enterrado a don Pazco. Eran estériles, pero sus hojas empezaron alimentando a mamá y terminaron alimentando a toda la familia.
Hoy
estábamos en la sala, cortándonos los cabellos y las uñas. Mamá sigue con el
hipo que se le pegó hace varios días. –Murió
uno de los perros –comentó papá. Continuamos
en silencio durante un rato. Papá alcanzó un cuchillo carnicero y lo blandió
varias veces. De pronto se detuvo y
como en un rito se lo extendió a mamá, tomándolo por la punta. Entonces a ella le comenzó ese ataque de risa que todavía
tan tarde en la noche no se le ha quitado.
En cuanto a los perros, los tuve que destazar sola, uno tras otro. Cada vez que moría uno, papá y Pablo lo despellejaban. El cuero sirvió para vestirnos después que nuestras ropas se terminaron de dañar durante el fallido proyecto del túnel subterráneo. La idea del túnel comenzó a germinar cuando cortaron los cables del teléfono; es decir, desde el día siguiente al del sitio. Pero se fue haciendo cada vez más urgente. En una ocasión, Pablo anunció: “Se fue la luz”. Él había estado viendo televisión toda la noche, hasta la hora del apagón, que duró para siempre. De ahí en adelante se motivó a domesticar en serio los insectos que, extinguidos los perros, serían nuestros comestibles y que durante años él, Pablo, se había limitado a tratar como un pasatiempo desde que había muerto don Pazco. Don Pazco, que había muerto precisamente de hambre porque el hambre no le era suficiente para alimentarse; ni le eran saludables la tierra ni la carne de los perros con que luego acompañábamos la tierra y que duró hasta que murió el último can, un día antes de que se fuera la energía eléctrica para siempre. Para alimentar a don Pazco posiblemente tampoco hubieran servido las ratas, ni las cucarachas, ni las hojas de su propio cuerpo que se convirtió en infinita cosecha vegetal cuando murió.
Un día estábamos papá, Pablo y yo bebiendo después de una hartura de tierra con solanáceas. El agua, sucia, nos la tragábamos a duras penas. Al día siguiente era más lodo que agua y al tercer día ya no llegaba. Tantas privaciones terminaron de motivar la idea de la excavación del túnel que, dicho sea de paso, nadie sabe quién la concibió ni quién dio el primer picazo. Tal vez fue una iniciativa simultánea en muchos hogares.
Hace
varios días venimos sintiendo como se mueren los restos de esperanza que nos
quedaban. Hoy nos sentamos en la
sala los tres para llorar, en franco contraste con la histérica hilaridad de
mamá. Lloramos por nuestra muerte.
Lloramos además por don Pazco, por su muerte consumada, y por mamá,
cuya presencia es la más marcada de la casa, por esa carcajada interminable que
invade hasta los rincones más recónditos
de nuestros sueños más profundos. Entonces
nos echamos a morir en el piso. Un
rato después, sin embargo, nos despertó la excavación; pero ninguno de los
tres abrió siquiera los ojos, porque imaginábamos que era la muerte
que nos venía a recoger.
Toda la tarde estuvimos escuchando el ruido en el subsuelo. Ya en la noche unos compueblanos sacaron la cabeza y nos acabaron de despertar para que los ayudáramos. Todo pasó como un sueño. Durante siglos de meses (los meses que estuvimos bajo tierra) perdimos la noción del tiempo y de muchas otras cosas junto a una multitud que se derramaba en éxodo hacia todas partes. Y emergimos casa por casa hacia toda las casas del pueblo. Aprendimos a distinguirnos en la más profunda oscuridad. Sentirnos era como mirarnos y tocarnos como sentirnos. Podíamos saber quien estaba justo a nuestra derecha o a diez metros sin necesidad de oír su respiración siquiera. Aprendimos a distinguir el color de la piel de la niña que lloraba detrás de nosotros y el tamaño de los pies de quien caminaba delante y la edad de quien hablaba y los sentimientos de quien callaba.
Una vez me tocó un hombre y me transmitió algo como fuego a través de sus manos. Un rato después nos habíamos sumergido por pasillos que yo nunca transité, ni en mis sueños de adolescente, en los días inmediatamente anteriores al sitio. Y aunque pasó otras veces, con otros hombres, y cada uno de ellos me llevó al mismo paraíso por caminos ligeramente distintos, supe que mi hijo, el único que pude tener antes de la menopausia, era hijo del primero, aquel que transmitía como fuego por sus manos. Porque mi hijo era como él y rodó también por los túneles desde que nació, y cuando lo estaba pariendo con mi propio esfuerzo algo me decía que en el momento de propagar la historia de nuestro pueblo transmitiría fuego aunque fuera por los ojos de sus amadas.
Cuando por fin retornamos a nuestra propia casa nos dio brega reconocernos. Teníamos las uñas crecidas y los dientes podridos, el sucio nos había cambiado el color de la piel. Papá estaba viejo, decrépito, y nosotros, sus hijos, teníamos como su edad en los tiempos en que asistíamos a la escuela y nos quedábamos horas enteras mirando el convento enclavado arriba, en la montaña, en espera de que en cualquier momento las golondrinas comenzaran a bajar en preciso vuelo, para gritar que las vacaciones habían llegado. Para siempre, de generación en generación, se transmitirían las huellas que nos había dejado todo el tiempo que pasábamos abriendo el túnel que iba de casa en casa, comunicando a todo el pueblo, donde utilizamos desde picos y palas hasta los mangos de las cucharas, las tijeras y los cortauñas.
Ellos, los ovnis, intervinieron después, inesperadamente.
En ese tiempo un compueblano dijo:
-No basta que nos comuniquemos entre nosotros. Extendamos el túnel más allá del pueblo. Escaparemos. Yo los guiaré para escapar de aquí.
Así planteamos la fuga. Trabajaríamos día y noche en la apertura de un túnel subterráneo que nos sacaría del pueblo, atravesaría montañas y nos llevaría a la ciudad vecina, por otro lado del lago que nos separa de las otras ciudades. Pero los ovnis olieron nuestra intención y antes de que pudiéramos hacer algo, sentimos cómo la tierra se estremecía y nos dejaba atrapados otra vez en nuestras casas, como al principio, como si nunca hubiéramos excavado el túnel. No conforme con eso, agujerearon nuestros techos con no sabemos cuál cosa en advertencia de lo que pasaría si volvíamos a intentar la fuga. En esos agujeros colocamos cañerías para aprovechar el agua de lluvia cuando llovía.
La
resistencia no nos ha hecho débiles, sino fuertes.
Siento eso como si pudiera
canalizar el modo de pensar de mi pueblo.
A
pesar de las amarguras que cuesta ser un pueblo abandonado, la esperanza se
mantiene. Pocos han estado
dispuestos a verla perderse. Y cuando no nos queden hojas en los diarios, ni lápices para
escribir, ni trozos de carbón para rayar las paredes, nos alimentará la
certeza de que un nuevo recurso surge a cada instante.
Pero los momentos de espera entre un recurso y otro parecen
interminables.
Últimamente papá y Pablo se han limitado a acechar a través de las grietas en los muros de la sala. Todo el día se quedan allí, inmóviles, como estatuas en espera de la ayuda que en cualquier momento recibiremos del resto del mundo. Hace varias noches que dejaron de dormir. Mamá sigue amarrada en la cocina, ahora en eterno, profundo silencio, como si hubiera terminado de comprender el lado serio que hay en todas las cosas y hubiera preferido ese lado únicamente. Por mi parte, después que llené las páginas de mi diario (no recuerdo cuántos años hace), recorrí la casa por última vez garrapateando en las paredes con trozos de carbón. En eso me salieron las primeras canas. Cansada como estaba del silencio y de la soledad, fui a reunirme con mi familia en la sala. Me hinqué entre ellos (que estaban arrodillados), los abracé y los besé. No me contestaron, ni se movieron. Pero no me sorprendí. Suspiré, busqué el agujero más adecuado y miré para saber lo que pasaba.